La «inteligencia» artificial no es inteligencia

Siempre dispuestos a delegar el juicio de las conciencias, los positivistas han construido un altar a la inteligencia artificial en su larga lucha por reducir al ser humano a materia y, por ende, desprovisto de toda racionalidad y juicio. El artificio desprende cierto «olor a chamusquina». Conviene estar atento porque la treta resulta sumamente retorcida. Alberto Benegas Lynch (hijo) ha hallado la clave de la cuestión. Consiste en atribuir a la inteligencia artificial cualidades humanas como si tal cosa fuera posible, señalando el error de concepto que subyace de esta fascinación tecnológica positivista y de las consecuencias que se derivan de ello (1).

La trampa comienza en el lenguaje. Como bien señala Benegas Lynch, la expresión «inteligencia artificial» es una contradicción en los términos o, en el mejor de los casos, un antropomorfismo injustificado. La etimología dice que inteligencia proviene de intus-legere: leer adentro. Implica la capacidad de captar esencias, de comprender significados y, sobre todo, de poseer conciencia de uno mismo. Un algoritmo, por sofisticado que sea su árbol de probabilidades, no «lee» nada, simplemente asocia señales eléctricas siguiendo un programa preestablecido.

Parece obvio decir que las máquinas no tienen sentimientos, no tienen intereses, no sufren, no aman ni tienen conciencia de su propia existencia. Quienes afirman o admiten, junto a positivistas, la posibilidad de que la IA será capaz de replicar la mente humana están reduciendo al ser humano a una amalgama ordenada de reacciones químicas y cuadros neuronales programables. Evocando a K. Popper, Benegas Lynch afirma que ese «determinismo físico» supone que «el ser humano en verdad no elije, decide y prefiere, es decir, no actúa, sino que está programado para decir y hacer lo que dice y hace, esto es, el antedicho materialismo filosófico». De esta manera, «si nuestras opiniones son resultado distinto del libre juicio de la razón o de la estimación de las razones y de los pros y contras, entonces nuestras opiniones no merecen ser tenidas en cuenta”. Y como diría John Hick, carente de «vida racional» y, por lo tanto, incapacitado para “demandar racionalidad». En ese caso, sigue diciendo Benegas Lynch, no habría ideas autogeneradas y, por lo tanto, no tendría sentido la responsabilidad individual, ni la moral ni la misma libertad.

Seamos rigurosos. Lo que hoy se llaman «decisiones» de la máquina no son más que la ejecución de decisiones humanas. La máquina procesa, pero no entiende. Confundir un instrumento de cálculo con un ente pensante es ignorar la abismal diferencia entre los impulsos eléctricos y la psique humana. El pensamiento requiere un «yo», una unidad de conciencia que ningún conjunto de transistores ha logrado ni podrá replicar.

La «inteligencia» que las grandes corporaciones atribuyen a la IA no deja de ser una cuestión de marketing para vender un producto. ¿O es que alguien pensó que el nombre es casual? Ahora bien, que ese producto tenga valor dependerá, exclusivamente, del cliente. Atribuirle el nombre de inteligencia a una máquina es a todas luces una falacia y, en caso de las compañías que la construyen, no deja de ser neutral si, como diría Bastiat, se es consciente de ello.

Sin embargo, no es neutral cualquier posición activa que adopten los gobiernos empleando su poder coercitivo. Restringir el uso de la IA o obstaculizar a las compañías su desarrollo por una presunto riesgo es, en primer lugar, tratar a los ciudadanos como incapaces de valorar sus acciones y tomar sus propias decisiones. En segundo lugar, tal como afirma Peter Goettler, podría suponer «acabar con la próxima revolución tecnológica por exceso de regulación» y, por ende, perder la oportunidad de «aumentar la prosperidad, estimular el desarrollo humano y enriquecer nuestras vidas» (2).

Deduzco, por tanto, que la mejor opción de cualquier Gobierno es no tomar partido ni por su propia iniciativa ni, tal como afirma el profesor Benegas Lynch, por el «interés de las grandes compañías marcadamente inclinadas a los beneficios del estatismo». Sospecho que la verdadera amenaza no es una distópica rebelión de las máquinas, sino la estupidez de quienes reducen al ser humano a un simple proveedor de datos, quienes piensan que la mente humana puede ser replicada por una máquina.

La libertad es un atributo de la voluntad. Aceptar que una máquina es «inteligente», es aceptar que el ser humano es una simple máquina biológica. Es negar la existencia de la propia conciencia, que es lo que nos permite revisar nuestros juicios, generar ideas propias, distinguir entre proposiciones verdaderas y falsas, dotarnos de voluntad independiente y asumir responsabilidad individual y moral.

A veces pienso que Occidente parece haber olvidado que el progreso de la humanidad es producto de la conciencia de millones de personas diferentes e irreproducibles, cuyas relaciones e intercambios tienen que ver con la racionalidad de sus decisiones. La tecnología es lo que siempre fue: un medio para ampliar la acción humana en busca de una mejora del mundo en que vivimos. La inteligencia es, y seguirá siendo, el fuego sagrado de la conciencia. Pretender que el silicio pueda arder con esa misma llama fue el mayor engaño del positivismo desde el siglo XIX y pervive con mayor fuerza en nuestro siglo. Conviene estar alerta.

(1) Alberto Benegas Lynch en Infobae (Argentina) el 8 de abril de 2023.

(2) Peter Goettler, en International Banker (Estados Unidos), 3 de septiembre de 2025.


Comentarios

Deja un comentario

Descubre más desde Cartas Persas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo