Testamento para Riego

Otoño de 1823. La restauración del poder absoluto en España exige una expiación pública. Fernando VII recupera el control de la nación gracias a los Cien Mil Hijos de San Luis. Su primer objetivo es destruir al hombre que, tres años antes, le obligó a jurar obediencia a la Constitución.

Rafael del Riego había encabezado el alzamiento para restaurar la Constitución de Cádiz. Para la Corona, no es un simple militar derrotado. Representa una herejía política. Encarna la convicción de que el gobernante debe someterse a límites institucionales.

Capturado en Andalucía, Riego es trasladado a Madrid para enfrentar un proceso sin garantías. Se le acusa de alta traición. El pretexto jurídico es su voto favorable en las Cortes para declarar la incapacitación temporal del monarca. El verdadero crimen, sin embargo, es otro. Consiste en haber intentado transformar una nación de vasallos en una sociedad de individuos libres.

El absolutismo no se conforma con vencer. Necesita aniquilar. La humillación y la ejecución del general resumen la furia de un poder sin frenos legales. Condenado a morir ahorcado, fue arrastrado por las calles de la capital en un serón hasta la Plaza de la Cebada. El griterío exigía la muerte del traidor. La pena original contemplaba su decapitación y descuartizamiento. El propósito del Estado absolutista era tanto físico como simbólico. Borrar la existencia de quien se atrevió a someter la voluntad regia a una ley general. El monarca reclamaba súbditos. Riego había reclamado ciudadanos.

El castigo del despotismo se extiende como una mancha. Meses después de aquella ejecución, moriría en el exilio su joven esposa, María Teresa del Riego y Bustillo.

Teresina era sobrina de Rafael. Nació en Asturias en 1800, en el seno de una familia ilustrada. Creció bajo la sombra de la guerra contra el invasor francés y conoció pronto la represión antiliberal. Se casaron por poderes en el otoño de 1821. Para entonces, él ya era un mito político. Una figura detestada por los defensores del Antiguo Régimen. La vida conyugal fue breve, devorada por la urgencia institucional. Riego, convertido en diputado y presidente de las Cortes, vivía absorbido por el frágil proyecto de consolidar un marco de derechos. Buscaron refugio en Granada para proteger la delicada salud de Teresa y escapar de la asfixia de la corte. Resultó inútil. La inestabilidad política obligó al general a regresar. Nunca volvieron a verse.

En abril de 1823, la ofensiva militar francesa derrumba el régimen constitucional. La fuerza restaura el monopolio de Fernando VII. Tras la capitulación de Cádiz, Teresa escapa hacia Gibraltar. En julio embarca rumbo a Inglaterra junto a su hermana Lucía y el canónigo Miguel, tío de ambos.

Se instalan en Little Chelsea, a las afueras de Londres. Comparten una modesta casa con otros exiliados. Sobreviven con una pensión del gobierno británico de veinticuatro libras anuales y los escasos recursos del canónigo. Las noticias de España confirman la catástrofe. Traen el eco de la disgregación de los ejércitos, la captura de Riego y el juicio sumario que dictó su sentencia. El impacto moral devasta la salud de Teresa, que se consume lentamente en aquella casa de refugiados.

Sin embargo, en el exilio se produce la transformación de la tragedia personal en un testamento político. La idea gaditana, la noción de unos derechos previos a la voluntad del gobernante, resiste en una habitación de Londres.

En la primavera de 1824, Teresa recibe la espada y el pañuelo de seda negro del general. Poco después, consciente de su final, dicta sus últimas voluntades ante la plana mayor del exilio español, ante hombres como Juan Álvarez Mendizábal. Su testamento rechaza la rendición. Pide que sus restos sean enviados a España y unidos a los de su esposo cuando brille el sol de la libertad. Ordena que la espada de Riego, descrita como limpia y sin mancilla, sea devuelta a la nación española cuando esta vuelva a estar convenientemente representada. Exige que un pañuelo de seda negra permanezca anudado a la empuñadura. Es una exigencia de continuidad institucional. Un mandato a las futuras generaciones para restablecer los derechos frente a la tiranía.

Teresa muere una semana después, en junio de 1824. Su féretro recorre las calles inglesas acompañado por antiguos ministros. La pobreza de sus ropas delata la ruina económica de aquellos hombres. Entre quienes portan el ataúd camina el general Torrijos, quien años más tarde enfrentará su propio pelotón de fusilamiento en las playas de Málaga.

El absolutismo triunfó en lo material. Los restos de Teresa jamás se unieron a los de Rafael. El cuerpo del general, arrojado a una fosa común en el cementerio de San Sebastián en Madrid, desapareció para siempre. Pero el poder tropieza inexorablemente con aquello que no puede confiscar. Teresa no amó únicamente al esposo trágicamente ausente. Amó la promesa de civilización que él encarnaba. La esperanza de un país donde el individuo pudiera respirar sin pedir permiso al trono.

Quedan escasos vestigios de aquel hecho. Un rizo de cabello castaño. El pañuelo de seda negra que Rafael envió desde su celda antes de pisar el cadalso. Son fragmentos frágiles de un matrimonio devorado por el choque brutal contra el despotismo. La tumba anónima de Riego y el testamento londinense de su joven esposa no relatan una derrota. Dejan suspendida en la historia una certeza que ninguna tiranía puede desmantelar. La dignidad, tejida en gestos tan íntimos como resguardar una espada o un trozo de seda, sobrevive siempre a la fuerza bruta del Estado.


Comentarios

Deja un comentario

Descubre más desde Cartas Persas

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo