El sentido de la vida

El destino tiene marcado ciertos días en tu calendario que arrancas con rabia contenida antes de que termine el día. Sin esperarlo, descuelgas el teléfono para escuchar la noticia de que un amigo ha fallecido repentinamente. Resulta inevitable no pensar en todos los momentos que viviste junto a él, disfrutando de todas las cosas buenas que lleva consigo la amistad.

Asistí con mi esposa y mi hija a dar el pésame a la familia, acompañarla y compartir con ellos tan amargo momento. La escena es trágica. El dolor de una familia destrozada, la crueldad del vacío, la indigna resignación, las preguntas sin respuesta, la impotencia devoradora, el sentido de culpabilidad, un porvenir destruido, un ilimitado reino de dolor, un espantoso abismo frente a lo único que no puede revertirse. Todo es poco para describir la escena. La compañía en tan duros momentos no elimina la pena y, en ocasiones, la hace aún mayor, así que enseguida nos despedimos de la familia. Es duro admitirlo, pero el dolor queda en casa, en la familia, en los más próximos. Al final, es la persona quien enfrenta su propia pérdida.

Regresamos en coche a nuestra casa conversando sobre cosas banales; el color de unas cortinas, el estreno de una nueva serie… Mi pequeña permanecía en el asiento trasero más callada de los normal. No le dimos mayor importancia. Era casi las doce de aquella fría noche cuando llegamos y enseguida nos acostamos. Como tengo por costumbre, entré en su habitación para desearle buenas noches. Pero aquel día me pidió que me acercara porque tenía algo que decirme. Así lo hice y, después de unos segundos, con voz serena me hace una pregunta aparentemente banal:

– ¿Y ya está?

La miré con extrañeza. Sus ojos desvelaban con claridad cual era el sentido de la pregunta. Bajé la cabeza pensativo. Aquella no era una simple pregunta. Escondía algo mucho más profundo, más transcendente. Reflexioné durante un momento. ¿Cómo iba yo a poder responder a algo que ni los más grandes filósofos habían logrado contestar? Pero el semblante de mi pequeña reclamaba un respuesta. En un primer instante creí que lo más apropiado era no andarme con rodeos, así que pensé en decirle:

–Sí, cariño, así es la vida.

Pero era una respuesta demasiado dura para lo que ella, probablemente, a sus 15 años esperaba. Probablemente, era la única respuesta que yo nunca habría querido escuchar de mi padre.

En un segundo instante ponderé que lo mejor era hacer uso de nuestra vocación católica. La respuesta no tenía dificultad alguna y pensé en decirle:

–Sí, cariño, pero la muerte no es el final. Probablemente, en estos momentos él estará a las puertas del cielo, a punto de entrar a un sitio donde le espera una vida mejor. Allí esperará a su familia y volverán a estar juntos para siempre.

Era lo más sencillo. Sin embargo, siempre he preferido que use su propia razón antes que confiar en verdades impuestas. La libertad requiere sospechar de lo etéreo, lo cual, en este caso, no ayudaba a que una solución religiosa lograra colmar sus expectativas. De modo que borré también de mi pensamiento esa respuesta.

Ciertamente, me hallaba en una encrucijada. Pensé en guardar silencio, pero no acostumbro a hacerlo. Siempre he identificado esa conducta con la aceptación o la resignación. Luego se me vino a la memoria, no puedo recordar donde lo escuché, a alguien decir que “cuando se acaban las preguntas, se acaban las esperanzas”. Aquella frase me permitía trazar un argumento sólido. Mi respuesta no debía sólo hacerle reflexionar sino actuar. De alguna manera, forzar a que dependiera de ella buscar la respuesta. Así que le dije:

– Mira, cariño, tu pregunta es de las pocas preguntas que una persona debería hacerse siempre para recordar que somos dueños de nuestra propia vida. Hay personas que pensaron la muerte después de haberla rozado muchas veces, y llegaron a decir que la vida está llena de sentido en cualquier circunstancia, incluso en las más miserables, pero que ese sentido no viene dado de fuera, ni lo fabrica nadie. Cada persona ha de hallarla por sí misma. Otros nos dijeron que vivimos para la muerte, no para asustarnos, sino para recordarnos que, precisamente porque un día se acaba, cada decisión cuenta. Y también hubo quien se hizo la misma pregunta y, en lugar de rendirse, buscó obstinadamente un motivo digno para seguir viviendo, sabiendo que la muerte no traerá un significado que la vida haya despreciado.

Cariño, mi respuesta a tu pregunta es no, no “ya está”. Queda la vida que construyes mientras vives, la forma en que amas, que trabajas, las veces que te equivocas y las que pides perdón. La importancia de la muerte está en la vida misma, en qué has hecho con el tiempo que te dieron, en si tu vida ha tenido un sentido para ti.

Nadie puede amar por ti, nadie puede responder por ti. Tendrás toda una vida para encontrar la respuesta, tropezando y levantándote, cambiando de idea, descubriendo modos de ser tú misma, de abrir un hueco para los demás y saber rellenarlo cuando se van, de aceptar y entender que por muy mal que hayan ido las cosas siempre has conservado firmeza y tu dignidad. Y quizá, cuando llegue tu hora o la mía, no sabremos qué viene después, pero sí podremos decir que, mientras duró, la vida tuvo un sentido que asumimos como nuestro.

No sé qué hay después, cariño. Lo único que sé es que esto debe tener algún sentido. Pienso que lo absurdo es creer que no lo tiene, porque, como tú misma sospechas al hacer esa pregunta, esto no puede ser tan sencillo como un adiós y ya está- Pero sé que la respuesta se encuentra en cuál es el propósito que quieres darle a tu vida. De tí dependerá que valga la pena y que todos esto tenga sentido.


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