Lejos de escenarios dramáticos, la irrupción de la inteligencia artificial no constituye una ruptura existencial con la historia del ser humano sino una expresión acelerada de su acción voluntaria. En este sentido, la IA es un capítulo reciente del largo proceso de tecnificación con el que el ser humano ha tratado de ganar productividad y comodidad.
La pregunta no es si esta herramienta es “buena” o “mala” en sí misma. La actitud frente a la bomba atómica no se agota en su carácter de arma de destrucción masiva. Su potencia disuasoria ha contribuido, en no pocos momentos del siglo XX, a evitar que conflictos graves degenerasen en guerras abiertas. La cuestión se encuentra, una vez más, en la naturaleza del ser humano. El problema de fondo no es la existencia de la IA, sino el fin para el que se utilice. A este caben, al menos, dos posturas: la de quien la maneja y la de quien la controla.
Como usuarios, la IA puede emplearse para aumentar nuestra productividad y conocimiento, liberar de tareas mecánicas y concentrar la energía en actividades de mayor valor, haciéndonos menos dependientes de otros y, por tanto, más libres. O bien, puede servir para delegar el esfuerzo de pensar. Puede ser utilizada para ensanchar la autonomía, permitiendo a una persona o a una empresa realizar trabajos que antes requerían toda una estructura. O, por el contrario, puede convertirse en un pretexto para justificar la renuncia a toda iniciativa y creatividad.
En todos los casos, la herramienta es la misma. Lo que cambia es el modo en que se inserta en la vida de quien la maneja.
De esas elecciones se obtienen consecuencias muy distintas. Si la IA se utiliza como apoyo para ser más productivos, las derivadas serán favorables: más tiempo disponible para tareas creativas, más independencia frente a intermediarios innecesarios, más capacidad para sostener proyectos propios con menos dependencia de estructuras ajenas, mayor conocimiento. La herramienta actúa entonces como un multiplicador de la iniciativa individual.
Si, por el contrario, se utiliza para delegar toda iniciativa, generará individuos totalmente dependientes. Esclavos del siglo XXI, pero esclavos al fin.
Algo semejante puede decirse del uso que hagan de la IA las grandes compañías o las organizaciones con vocación de poder. Pueden emplearla para ofrecer mejores servicios, para gestionar mejor la información, para reducir costes y errores. O pueden emplearla para perfeccionar mecanismos de vigilancia, de segmentación, de influencia sofisticada sobre preferencias y opiniones. En el primer caso, la tecnología se integra en un marco de competencia y de respeto al individuo. En el segundo, tenderá a convertirse, tarde o temprano, en un aparato susceptible de ser objeto de una revolución justificada.
Nada de esto es nuevo en la historia. Las mismas capacidades técnicas que hoy nos fascinan han tenido siempre un doble filo. La imprenta sirvió para difundir ideas emancipadoras y para fijar catecismos oficiales. La radio y la televisión ampliaron el espacio público, pero también proporcionaron herramientas para la manipulación.
Pero la lucha vuelve a ser la de siempre: entre quienes se sirven de los medios de la técnica para alcanzar espacios de libertad, y quienes los utilizan para consolidar posiciones de dominio. No siempre ganan los primeros. Pero, cabe pensar que, si los segundos hubieran vencido en cada encrucijada histórica, difícilmente habríamos llegado hasta aquí.
La inteligencia artificial no altera esa estructura moral del conflicto. Solo la acelera y la hace más visible. No pide una fe ciega ni un rechazo absoluto. Exige, como siempre, individuos responsables y capaces de mantenerse alerta frente a la máquina y frente a su propia actitud hacia ella. Eso no demanda más sacrificios de los que el ser humano ha hecho desde que está dotado de razón. Requiere un dominio mínimo de la herramienta: saber qué puede hacer y qué no, en qué puede ayudarnos y dónde empieza a ser peligrosa. Y, sobre todo, una educación que ejercite el juicio, que invite a la lectura atenta, a la argumentación, a entender el funcionamiento del poder y al conocimiento de la historia, de lo que nos ha traído hasta aquí.
En los tiempos de hoy, la facilidad para desentenderse de la responsabilidad y de la iniciativa está ligada a la ocupación que hace el Estado de nuestra vida privada y de nuestra capacidad de decidir. La IA puede acrecentar la creación de individuos más tutelados e irresponsables, o de ciudadanos más libres y conscientes.
En ambos casos, la decisión es nuestra.
La herramienta, en sí, no decidirá nunca en qué dirección se inclina la balanza. Esa decisión seguirá recayendo, como siempre, en el uso que los seres humanos hagamos de ella y en la altura moral e intelectual desde la que la incorporen a su vida.


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