Fue uno de estos días que no quieres que existan, pero existen, en que uno se levanta con la noticia de que un amigo ha fallecido repentinamente. Resulta inevitable no pensar en todos los momentos que viviste junto a él, disfrutando de todas las cosas buenas que lleva consigo la amistad.
Asistes con pesar a visitar a su familia para, al menos, dar las condolencias de cortesía y, en estos casos, tratar de animar a su esposa e hijos, quienes todavía no han encajado el golpe inesperado y se comportan de forma inexpresiva, como si no hubieran asumido la muerte ni comenzado aún a sufrir el vacío de la pérdida. Se puede apreciar en sus rostros una aparente resignación que roza, inconscientemente, con la sensación de que nada de lo que ha sucedido ha sucedido del todo, como una falsa normalidad, dado que el vacío que se produce aún no se ha manifestado en toda su crudeza.
De todo ello es testigo cualquier persona que asiste a dar el pésame por la muerte de un familiar o de un amigo. Pero el dolor queda en casa, y sólo quienes le han tenido afecto muestran tristeza por la ausencia y comparten la pena con la familia. Al llegar a casa, sin embargo, saltan todas las alarmas cuando tu hija, que ha presenciado la escena, hace una simple pregunta:
–¿Y ya está?
Entendí la pregunta a la primera, pues era la misma sensación y el mismo pensamiento que aparece en silencio de la conciencia de cualquier ser humano frente a la muerte. La misma pregunta que yo, o cualquiera, puede hacerse frente a la muerte: se ha muerto… ¿y ya está?
Pensé durante un instante en cómo debía responder a una pregunta que yo me había hecho siempre y a la que, a mis 57 años, todavía no he encontrado respuesta. En este primer instante pensé que lo más apropiado era no andarme con rodeos, así que pensé en decirle:
–Sí, cariño, así es la vida.
Pero era una respuesta demasiado dura para lo que ella, probablemente, esperaba. Era la única respuesta que yo nunca habría querido escuchar de mi padre a los 14 años, así que la borré de mi pensamiento.
En un segundo instante ponderé que lo mejor era hacer uso de nuestra doctrina cristiana. La respuesta no tenía dificultad alguna y pensé en decirle:
–Sí, cariño, pero la muerte no es el final. Probablemente, en estos momentos él estará a las puertas del cielo, a punto de entrar a un sitio donde le espera una vida mejor; allí esperará a su familia y volverán a estar juntos para siempre.
Era lo más sencillo. Sin embargo, desde que comenzó a usar la razón, me he preocupado de enseñar a mi hija a sospechar de la veracidad de las cosas etéreas, en el sentido poético del término, lo cual no ayudaba a que una solución religiosa lograra colmar sus expectativas. De modo que borré de mi pensamiento la respuesta y dejé para otro momento la explicación de por qué entonces creíamos en Dios.
Ciertamente, me hallaba en una encrucijada. Pensé incluso en guardar silencio, pero no acostumbro a hacerlo porque siempre he identificado esa conducta con la aceptación o la resignación. Luego se me vino a la memoria, no puedo recordar cuando, escuchar a alguien decir que “cuando se acaban las preguntas, se acaban las esperanzas”. Aquella frase me permitía trazar un argumento sólido. Mi respuesta no debía sólo hacerle reflexionar. Mi objetivo debía más bien situarle en posición de actuar y que dependiera de ella averiguar la respuesta. Así que le dije:
– Mira, cariño, tu pregunta es de las pocas preguntas que merecen ser tomadas en serio toda la vida, porque no se responde del todo nunca. Hay personas que pensaron la muerte después de haberla rozado muchas veces, y llegaron a decir que la vida está llena de sentido en cualquier circunstancia, incluso en las más miserables, pero que ese sentido no viene dado desde fuera, ni lo fabrica nadie, ni lo dicta ninguna Iglesia: cada uno ha de hallarlo y aceptar la responsabilidad de su respuesta. Otros nos dijeron que vivimos para la muerte, no para asustarnos, sino para recordarnos que, precisamente porque un día se acaba, cada decisión cuenta. Y también hubo quien se hizo la misma pregunta y, en lugar de rendirse, buscó obstinadamente un motivo digno para seguir viviendo, sabiendo que la muerte no traerá un significado que la vida haya despreciado.
Cariño, mi respuesta a tu pregunta es no, no “ya está”. Queda la vida que construyes mientras vives, la forma en que amas, trabajas, te equivocas y pides perdón. La importancia de la muerte está en la vida misma, en qué has hecho con el tiempo que te dieron, en si tu vida ha tenido un sentido para ti y un bien para los demás. Nadie puede amar por ti, nadie puede responder por ti: tendrás toda una vida para ir encontrando tu propia respuesta, tropezando y levantándote, cambiando de idea, ensayando modos de ser que estén a la altura de tu propia dignidad; y quizá, cuando llegue tu hora o la mía, no sabremos qué viene después, pero sí podremos decir que, mientras duró, la vida tuvo un sentido que asumimos como nuestro.
No sé qué hay después, cariño. Lo único que sé es que esto debe tener algún sentido. Pienso que lo absurdo es creer que no lo tiene, porque, como tú misma sospechas, esto no puede ser tan sencillo como un “sí, ya está”. Pero aunque así fuera, sé que la respuesta a tu pregunta se encuentra en cómo vivas, en qué hagas con tus miedos, en cuanto amor entregues y en qué gastes tu tiempo.


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