El principio de simpatía como fundamento de la sociedad: Adam Smith

En Edimburgo, hacia mediados del siglo XVIII, un joven profesor de filosofía moral en la Universidad de Glasgow llamado Adam Smith desafiaba el pesimismo dominante sobre la naturaleza humana. En 1759 publicó La Teoría de los Sentimientos Morales, obra que arranca con una afirmación realmente revolucionaria: “Por más egoísta que pueda suponerse al hombre, es evidente que hay algunos principios en su naturaleza que le interesan en la suerte de los demás y le hacen necesaria su felicidad, aunque no derive nada de ello excepto el placer de verlo”.

Son tiempos de la Ilustración escocesa. David Hume había abierto ya la vía de los afectos humanos al describir un mecanismo de simpatía por el cual los sentimientos ajenos se transmiten e imprimen en nosotros, haciendo posible que aprobemos o condenemos acciones al compartir, siquiera de forma atenuada, las pasiones de quienes las sufren o las realizan. Smith recogerá esta idea, pero la llevará más lejos y la hará eje de su propio proyecto: la simpatía dejará de ser solo un contagio emocional para convertirse en el principio que estructura nuestra conciencia, nuestras normas y, en último término, la forma misma en que las sociedades humanas llegan a existir.

Para Smith, no es un sentido moral específico lo que nos une, sino la simpatía, entendida como la capacidad de representarnos imaginativamente la experiencia ajena y de sentir, en versión atenuada, lo que el otro siente. Este mecanismo es para Smith la clave que hace posible la vida en sociedad.

Smith se enfrenta a una tradición poderosa que arranca de Thomas Hobbes. La idea de que los seres humanos son, por naturaleza, egoístas y no reparan en usar medios violentos para alcanzar sus fines. Sólo la creación pactada entre ellos de un ente superior (el Estado o Leviatán)  puede impedir la autodestrucción. En esa lectura contractualista, la sociedad es un artificio racional, un cálculo de supervivencia. Para ello, pactarán someterse a un poder soberano y limitarán su libertad al ámbito de lo privado. Smith invierte radicalmente este proceso. Advierte que el ser humano es egoísta, pero si sólo fuera eso, la vida en sociedad habría sido imposible. El ser humano vive en sociedad por un impulso natural de concordancia afectiva que le permite superar su egoísmo. La sociedad es el medio natural en que esas pasiones se forman, se calibran y se orientan.

La simpatía es el mecanismo generador de un orden espontáneo que, a diferencia de lo defendido por Hobbes, no requiere legislador ni contrato previo. A través de miles de interacciones cotidianas, el individuo que observa a otro aprende a moderar sus propias pasiones para hacerlas comunicables. El observado deseoso de ser comprendido, templa sus emociones para acercarlas al nivel que el espectador puede compartir. De ese movimiento recíproco donde cada uno cede un poco hacia el otro, emerge una norma implícita, “la propiedad de renunciar a los mayores intereses propios en aras de los intereses aún más relevantes de los demás”, una conducta que nadie ha dictado pero que todos reconocen. Con el tiempo, este proceso acumulativo cristaliza en lo que Smith llama «reglas generales de conducta», que son el embrión de las leyes y las costumbres. El espectador imparcial es la interiorización de ese tribunal colectivo. Una conciencia forjada socialmente, pero ejercida individualmente, que nos permite juzgar nuestros propios actos como si los contempláramos desde fuera. La sociedad, en este esquema, se teje desde abajo, no se impone desde arriba. La simpatía es, literalmente, su hilo conductor.

De la simpatía surge la justicia, condición mínima sin la cual ninguna sociedad puede subsistir. La justicia no nace de un pacto de lo que justo o no, sino de la simpatía con el resentimiento de la víctima. Cuando contemplamos que alguien ha sufrido un daño, nos unimos a su dolor y a su deseo de reparación. Ese sentimiento compartido de indignación es el origen del consenso para castigar el crimen y proteger la estructura social. Smith escribe: “La sociedad no puede subsistir entre quienes están constantemente listos para herirse y dañarse unos a otros. La justicia es el pilar principal que sostiene todo el edificio”.

Si aplicamos el principio de simpatía de Smith a las sociedades contemporáneas, asistimos a un fenómeno ciertamente paradójico. La multiplicación de los instrumentos de comunicación coincide con un empobrecimiento de la simpatía efectiva, sustituida por la indignación performativa y el tribalismo identitario. Cuando los lazos afectivos que sostienen el orden espontáneo se debilitan, el espacio vacío tiende a llenarse, como lo presintió Hobbes, por la fuerza del soberano o por la guerra de las facciones. Smith describió que las instituciones son frágiles si no están sustentadas en ese sustrato moral previo que ninguna ley puede fabricar. Sin la disposición real a sentir con el otro, a templar los propios afectos, a reconocer en el semejante un espejo en el que nos juzgamos la vida en común se convierte en un ideal difícil de alcanzar.

El principio de simpatía de Smith constituye una de las raíces profundas del liberalismo. La teoría de los sentimientos morales muestra que el orden social nace desde abajo, de la interacción de individuos capaces de reconocerse, moderar sus pasiones y coordinarse mediante normas de justicia interiorizadas, sin necesidad de diseñar un orden determinado. Esa antropología optimista del ser humano, que luego prolongará en La riqueza de las naciones al confiar en la cooperación y el intercambio bajo reglas generales, es clave para entender las doctrinas liberales. Gran parte de la arquitectura liberal posterior, incluida la defensa que hace Mises en La acción humana de la sociedad como resultado de la acción intencional y cooperativa de individuos libres, puede entenderse como un desarrollo de ese mismo núcleo: la confianza en que, antes que la ingeniería del poder es la red de interacciones voluntarias entre personas libres la que construye las sociedades.


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