Testamento para Riego

La humillación y ejecución del general Rafael del Riego resume hasta qué punto el absolutismo quiso destruir no sólo a un hombre, sino la idea misma del liberalismo. Condenado a morir ahorcado, fue arrastrado por las calles de Madrid en un serón hasta la Plaza de la Cebada, entre gritos de “muera el traidor”. La pena prevista contemplaba su decapitación y descuartizamiento, con el propósito de borrar el recuerdo de quien obligó al rey a restituir la constitución liberal de 1812. Apenas unos meses después de la ejecución, moriría su joven esposa María Teresa del Riego y Bustillo.

Teresina era sobrina de Rafael. Nació en Tineo en 1800 en el seno de una familia ilustrada. Conoció desde niña la guerra contra el invasor francés y la posterior represión antiliberal. Ambos se casaron por poderes en octubre de 1821, cuando, tras el pronunciamiento, él ya era un mito liberal temido por los absolutistas. En febrero de 1822 Teresina se traslada a Madrid, adonde llega acompañada por Miguel del Riego, su tío canónigo, y su hermana Lucía. Riego, convertido en diputado por Asturias y, más tarde, en presidente de las Cortes, vive un ritmo político que deja poco espacio a la vida conyugal. Buscando un clima más benigno para la delicada salud de Teresa y cierto respiro lejos de la tensión política, viajan hacia Granada en septiembre de 1822. Como en tantas ciudades, el héroe liberal es recibido con un gran homenaje popular. Pero la convocatoria de Cortes extraordinarias y la inestabilidad políticas obligan al general a regresar a Madrid. Será la última vez que estén juntos.

La invasión de los Cien Mil Hijos de San Luis en abril de 1823 y el derrumbe militar del régimen constitucional precipitan los acontecimientos. Tras la capitulación de Cádiz, Teresa se traslada a Gibraltar y, en julio embarca rumbo a Inglaterra, acompañada por su hermana Lucía y por el canónigo Miguel. No llegarán a Londres hasta el mes de agosto, y tras ser recibida por el gobierno inglés, se instalan en una modesta casa de Little Chelsea, compartida con otros exiliados liberales españoles. Teresa vivirá gracias a una pensión de 24 libras anuales del gobierno británico y a la ayuda del canónigo, que vive entre libros y modestos negocios. Pero pronto irán llegando de España las noticias de la disgregación de los ejércitos constitucionales, la derrota y deserciones de las tropas de Riego, su captura y la sentencia de muerte tras la farsa de su juicio. Desde entonces, la enfermedad de Teresa, alimentada por la herida moral, se acelera. Visitada continuamente por exiliados españoles se consume lentamente mientras revive el recuerdo de Rafael. En abril de 1824 recibe la visita de George Matthewes, ayudante de campo de su marido, que le narra detalles del final de Rafael. Poco después recibirá la espada y el pañuelo de seda negro del General.

En junio de 1824, consciente de que su vida se acaba, dicta su testamento ante notario y ante la plana mayor del exilio liberal: Raimundo de Escobedo, Juan Álvarez Mendizábal y José Passam. El testamento expresa con claridad el hilo que enlaza la vida privada y la lucha pública. Teresa afirma que muere en la fe católica, pide que sus restos sean puestos a disposición del canónigo Miguel para ser enviados a España y unidos a los de su esposo “cuando brille el sol de la libertad” en su país. Ordena que las joyas y, sobre todo, la espada “limpia y sin mancilla” de Riego se devuelvan a la nación española cuando vuelva a estar “convenientemente representada”, con un pañuelo de seda negra anudado a la empuñadura. Teresa insiste en la continuidad del legado político de su esposo, y suplica a los buenos hijos de España que cooperen con todas sus fuerzas al restablecimiento de sus derechos inalienables.

Teresa morirá una semana después, el 19 de junio de 1824, en su casa de Little Chelsea. Su entierro fue celebrado en la iglesia de St. Mary Moorfields, y su féretro acompañado por los principales jefes del exilio, muchos de ellos antiguos ministros del Trienio. La pobreza de sus trajes delata la precariedad económica de aquellos hombres mientras el aire grave de aquella procesión llama la atención de los transeúntes londinenses. Entre los que portan el ataúd figura el general José María Torrijos, que años después será ejecutado en Málaga.

Los restos de Teresa nunca pudieron unirse a los de Rafael. El cuerpo del general, sepultado en una fosa común del antiguo cementerio de la iglesia de San Sebastián en Madrid, nunca fue recuperado. El museo del Romanticismo de Madrid conserva el pañuelo de seda negro que Riego hizo entregar a su esposa, así como un rizo del cabello de Teresina.


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