Mi buen amigo Jesús ha decidido viajar antes de que, tal como está el mundo, sea demasiado tarde. Acaba de estar en Roma y ayer, esperando al autobús, me contaba su experiencia:
Muchacho, -me decía- la que llaman ciudad eterna, francamente, más que eterna me ha resultado muy familiar. La vida cotidiana de la gente es como la vida cotidiana de cualquiera de nuestras ciudades, salvo porque que el Ayuntamiento romano no ve necesario regular el tráfico ni prohibir el uso de tacones a las señoras. Por lo demás, he visto las mismas colas en los mismos lugares donde se come bien a buen precio, o donde te dan dos de lo que sea por el precio de uno. Vi también unas adolescentes corriendo a la puerta del hotel donde se hospedaba un famoso cantante de voz tuneada de reguetón, música de reguetón en los bares, reguetón en el metro, reguetón en el taxi, reguetón de ambiente en las tiendas de ropa y adolescentes cantando reguetón.
Aquí cada vez es más frecuente ver terrazas de bar en las aceras, pero en Roma van muchos más adelantados que nosotros en esta cuestión. Por pura curiosidad le pregunté a un camarero cómo habían sido capaces de avanzar tanto en el asunto. No supo darme razón, pero me aseguró que, aquí en Roma, tú puedes un día acostarte por la noche, salir a correr de madrugada y, a la vuelta, encontrarte un restaurante en la propia acera de tu casa impidiéndote acceder a tu portal. Para aprovechar las estrecheces colocan las mesas casi pegadas una de la otra. Esto tiene sus ventajas, porque tú puedes estas comiendo con tu chica y a la vez con la de al lado y, además, comparar el perfume de ambas.
También encontré pisos francos convertidos en habitaciones de hotel, como es el caso del que me hospedé, con ascenso de doble puerta y bisagra. Una vez te decides a entrar, no te atreves a cerrar los ojos por miedo a que un simple pestañeo rompa el contrapeso de hormigón que vigilas de reojo al pasar a tu altura. Por lo demás amigo, no me sorprendió tampoco ver los típicos cochecitos empujados por padres abriéndose paso entre la muchedumbre para no perder de vista al bebé, italianas cincuentonas de ojos achinados, jovenzuelas de pestañas alargadas y librerías vacías.
Lo curioso de Roma, al margen de ser incapaz de apreciar qué edificio convivió con otro o qué estaba encima de qué, es que puedes encontrarte un escalón en cualquier sitio. En cualquier acera hay un escalón. En cualquier plaza hay un escalón. En cualquier tienda hay un escalón. Cada toilette de restaurante tiene su escalón para entrar y otro para salir. Lo mismo exagero un poco amigo, pero no recuerdo haber subido rampa alguna. Los escalones se encuentran homogéneamente distribuidos por toda la ciudad, de manera que es relativamente fácil tropezar y darte de bruces contra el camarero de la acera.
Y las fuentes. Amigo mío, las fuentes son muchas y variadas. Tú no podrás encontrar en Roma una plaza donde un Papa no decidiera poner una fuente. Sea grande o pequeña, ahí hay una fuente. Dicen que fue una cuestión de higiene, pero existe una explicación que, a mí, personalmente, me parece mucho más convincente: en Roma, por una extraña razón, la gente tiene la antigua costumbre de tirar monedas dentro de las fuentes. Los Papas renacentistas, que no tenían un pelo de tontos, observaron que mientras los cepillos volvían vacíos, las fuentes amanecían repletas de monedas de un día para otro. Así que decidieron despejar el terreno para hacer más plazas y construir más fuentes y, ya de paso, hacer una iglesia o dos. Viendo la espectacular Fontana de Trevi, lo primero que te viene a la mente es que, o bien el arquitecto calculó mal el espacio que ocupaba la fuente o midió mal las dimensiones de la plaza. El caso es que resultó que, después de la obra, quedaba más fuente que plaza, lo cual tampoco vino mal al negocio.
Me decepcionó la visita al Vaticano, amigo. Francamente, reconozco que soy cristiano, pero te aseguro, amigo, que al entrar allí se te quitan las ganas de serlo. Es todo esplendor es tan grandioso que al entrar parece que hayas encogido. Creo que algún Papa, por decencia, debió pensar que igual convendría eliminar el décimo mandamiento inventando que se había descubierto un pergamino que aseguraba que alguien lo había añadido por error. Sería difícil saber cuál es el Papa que tiene el panteón más hermoso. El mármol brilla y todo parece de oro. Deben gastarse una fortuna en pasar la mopa y sacar el lustre a los tubos del Tamburini. Las cúpulas son espectaculares. Es increíble que alguien pudiera decorarlas de forma tan precisa; sin duda debió utilizar unos pinceles larguísimos para pintar todo aquello.
No pudo contarme más porque llegó su autobús, pero me prometió que el próximo día me hablaría del Coliseo.
Fuentes de Ebro, a 14 de marzo de 2025


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