Libertad sin parné

La pasada semana me encontré a Pablo, un viejo amigo de la infancia a quien la vida no le ha ido bien. Hacía algún tiempo que no le veía. Compartimos un buen rato y unas cuantas copas en una taberna del barrio. Hablando de la actualidad política me decía que, para él, la democracia, más que para elegir gobernantes y tener libertad sirve para malgastar tiempo y dinero. Con su acostumbrado pesimismo me dijo: Todo es tan absurdo que comienza a resultarme irritante. No estoy dispuesto a acudir más a votar a menos que me aseguren que al día siguiente voy a saber a quién debo dirigirme para pedir mi paga sin tener que rellenar un formulario. Se supone que votamos para elegir un gobierno y, ultimamente, parece que todos los partidos han llegado al acuerdo en no estar de acuerdo. Tengo en mi memoria aquella época en que nadie votaba y a nadie parecía importarle hasta que alguien decidió que debía importarnos. Pensó que era preciso salir a la calle a pedir amnistía, libertad y derecho a todo. Desde entonces, digan lo que digan, todo ha ido a peor. La vida se complicó. Todo se puso por las nubes y mantenerse ebrio era el precio que cualquier borracho tenía que pagar a menos que tuviera un amigo que le invitara a un último trago.

A Pablo la suerte le había dado la espalda. Mientras pedía al camarero que le pusiera otro whisky continuó: “Francamente amigo, ahí comenzó el drama para muchos tipos como yo. Al poco tiempo de aprobarse la ley del divorcio, un día mi mujer me despertó a medianoche para decirme que ya no sentía nada por mí y que sus últimos orgasmos habían sido fingidos. A la mañana siguiente me pidió el divorcio y me dejó. En la calle le esperaba un tipo con un Mustang rojo. Al poco tiempo, la crisis se llevó por delante mi empresa, mis ahorros y mis expectativas. Por suerte pude conservar mi piso. Comencé a frecuentar bares de alterne y a desordenar mi vida. Hay que joderse amigo, cuando la democracia trajo el divorcio los burdeles se llenaron de hombres mientras que las mujeres pasaron de administrar el sobre de la semana a administrar grandes fortunas. Todo ha cambiado desde entonces, pero sigo haciéndome la misma pregunta ¿para qué diablos necesita un hombre la libertad si no tiene donde caerse muerto?

Pablo tenía ganas de hablar, quizá desahogarse con alguien, así que prestarme a ello era lo mínimo que podía hacer por un viejo amigo. Desde entonces –siguió diciendo– he malvivido de trabajos precarios y sueldos miserables. Con el paso de los años uno se colma de paciencia para tener que aguantar a cualquier cretino ponerla prueba. El otro día entré en un bar donde un tipo alegre y ufano parecía estar celebrando algo. Pidió que le sirvieran una botella de champán y dijo al camarero que repartiera copas a todos los presentes. Levantó la copa y dijo: Amigos, hoy hace 50 años que murió Franco; hay que celebrarlo; brindemos. Lamento haber arrojado la copa contra la pared del garito en lugar de aplastarla contra su cabeza. Aborrezco a la gente que se ocupa de que todos tengamos que ir en una misma dirección. Apuesto que ese tipo jamás tuvo dificultades para llegar a fin de mes. Yo hace años que no tengo nada que celebrar salvo que mi vida no tiene el menor sentido.

Comprendí entonces que a un hombre así le hablen de libertad o democracia es como si le ofrecieran un esmoquin que nunca vestirá porque no tiene un sitio donde lucirlo. Muy digno, muy noble, pero inútil. La libertad querido amigo, –dijo con la voz entrecortada– está pensada para quienes tienen un duro en el bolsillo y un sitio dónde ir. Los tipos como yo apenas logramos llegar con cierta dignidad a la madrugada, y lo único que nos preocupa es tener un lugar donde colgar el sombrero.

Volveré a verle…

Fuentes de Ebro, a 12 de marzo de 2025


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