Carta LXXXVII

Para hacer honor al nombre del canal, no puedo por menos que ir transcribiendo algunas de las verdaderas  “Cartas Persas” que el barón de Montesquieu publicó anónimamente en 1721, aunque enseguida les fueron atribuidas. Su lectura es realmente deliciosa. A través de unos nobles persas ficticios, utiliza con gran sutiliza la sátira y el tono irónico para criticar la Francia de Luis XIV, la iglesia, la nobleza y las costumbres francesas. En esta entrada transcribo la carta LXXXVII, donde el barón ridiculiza a la justicia francesa; más bien, diría yo, lo que pretende es manifestar lo que no debe ser uno de los tres pilares más importantes del Estado: el poder judicial.

“A Rica…

Aquí parece que las familias se gobiernan por sí mismas. Al marido apenas le queda un resto de autoridad sobre su mujer; al padre, sobre sus hijos; al amo, sobre sus esclavos. La justicia participa en todas las diferencias, y puedes estar seguro de que está siempre en contra del marido celoso, del padre malhumorado o del amo molesto.

El otro día fui al lugar donde se administra la justicia. Antes de llegar es necesario pasar por los infinitos artilugios de un sin número de jóvenes comerciantes que claman con engañosa voz. Este espectáculo, al principio, hace gracia, pero se vuelve lúgubre al entrar en las grandes salas donde no se ven más que personas cuyos vestidos son aún más lúgubres que sus semblantes. Por último, se llega al sagrado lugar donde se revelan todos los secretos familiares y donde se sacan a relucir las acciones más ocultas.

Allí, una doncella modesta va a confesar los tormentos de una virginidad guardada durante demasiado tiempo, sus combates y su dolorosa resistencia. Lejos de ufanarse de su triunfo, amenaza con la próxima capitulación y, para que su padre no continúe ignorando sus necesidades, las dice delante de todo el mundo.

Luego viene una desvergonzada mujer quien expone los agravios que ha infligido a su marido, como argumento para pedir la separación. Con igual modestia,  llega otra y dice que está aburrida de que la tengan por casada y que no disfruta del matrimonio; empieza a revelar los secretos de su noche de boda, y quiere ser examinada por los peritos más linces y que una sentencia le devuelva los derechos de su virginidad. No faltan otras que se atreven a desafiar a sus maridos y presentarles en pública palestra su discusión, que resulta tan humillante para la mujer que lo presenta como para el marido que lo sufre.

Infinitas doncellas robadas o seducidas pintan a los hombres mucho peores de lo que son. El amor litiga sin cesar en este tribunal. No se oye hablar más que de padres enojados, doncellas engañadas, amantes infieles y maridos desgraciados.

De acuerdo con la ley vigente, todo hijo nacido durante el matrimonio pertenece al marido. Y por más razones que éste alegue en contra no sirven para nada: la ley lo cree así, y le evita todo examen y todo escrúpulo.

En este tribunal se falla por mayoría de votos, pero la experiencia dice que valdría más que fuera una minoría la que fallara, porque hay pocos que tengan recta la razón, y todo el mundo confiesa que hay muchos que ven las cosas al revés de lo que son.

París, 1 de la luna de Gemmadi 2,  1715”


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