La fórmula Mises

Hoy subimos al estrado a Ludwig Von Mises (1.881-1973). Este pequeño ensayo tiene el objetivo de exponer su propuesta de orden político, que hemos querido llamar «fórmula» como una manera de llamada a la acción, nunca mejor dicho. La visión de Mises sobre el funcionamiento de la sociedad es una propuesta liberal clásica, que parte de la confianza en el ser humano como sujeto que actúa siempre para mejorar su situación. Su acción voluntaria le permite alcanzar fines a través de medios, estableciendo relaciones de intercambio y cooperación que crean y mueven la sociedad. Mises no es un autor de ciencia política como tal, sino un economista perteneciente a la Escuela Austriaca de Economía, donde se instruyeron los Böhm-Bawerk, Rothbard, Hayek, Hermann Hoppe o Buchanan, entre otros. No obstante, de su principal obra, La acción humana, publicada en 1949, puede extraerse una teoría muy sólida sobre el orden social y el papel del Estado.

La sociedad surgió cuando el ser humano descubrió que cooperar le aportaba más beneficio que vivir aislado o hacer la guerra. ​Las primeras comunidades se formaron como una enorme red de cooperación: campesinos, artesanos, herreros, canteros, comerciantes…, donde aporta una parte del trabajo y confía en que el resto cumplirá con la suya. Nadie diseñó esta red desde arriba; fue surgiendo poco a poco viendo la utilidad que aportaba. Las diferencias de capacidades y recursos disponibles que, por naturaleza, existen entre los seres humanos, no son más que ventajas que propician la cooperación. Una sola lógica, común en todos los seres humanos de la tierra, es lo que les impulsa a actuar para mejorar su situación utilizando los medios a su alcance. La cooperación sería el medio más eficiente para obtener los mejores resultados y, a la vez, hicieron aparecer las civilizaciones.

Si los propios seres humanos pueden organizar su vida por sí mismos, ¿por qué aparece el Estado? La cooperación necesita condiciones para que se produzcan los intercambios, es decir, una situación de paz y de protección frente a la violencia. Las primeras comunidades humanas empezaron a prosperar gracias al comercio y a la división del trabajo. Pero no todos los seres humanos utilizan medios eficientes para obtener sus fines. A medida que acumulaban excedentes, aquellas comunidades se convertían en objetivo de grupos que veían en ellas una presa fácil. Nace así el Estado, en su forma más simple, por necesidad de crear un cuerpo transversal y coercitivo para mantener la paz y proteger los intercambios. El Estado se establece desde un contrato que permite utilizar los recursos que necesita para mantener su engranaje coercitivo. Sin policía, jueces y leyes básicas no hay seguridad para proteger la cooperación.

El poder de los grandes imperios imposibilitó durante siglos las relaciones de cooperación. Sólo su decadencia durante la edad media facilitó que volvieran a florecer espacios de cooperación espontánea, que fueron capaces de organizar un orden social sin la intervención de planificación superior. Entre otros ejemplos, un modelo bien conocido es la Lex mercatoria en la Europa medieval. Comerciantes de distintos reinos crearon reglas y tribunales privados para dirimir conflictos y asegurar el crédito, sin depender del príncipe de turno. Solo cuando los Estados modernos se fortalecieron y centralizaron de nuevo el poder, esas redes fueron absorbidas o recortadas.

Pero lo cierto es que la historia está llena de ejemplos de Estados que han ido mucho más allá de proteger la convivencia. El absolutismo, los imperios expansivos, los totalitarismos, las dictaduras han utilizado el Estado como máquina de guerra, herramienta de saqueo o instrumento de ingeniería social. A este proceso no escapan las democracias modernas de masas. Tanto gobernantes como grandes grupos de intereses económicos o sociales siguen utilizando el poder, legitimado por el sistema, para obstaculizar los intercambios. El clientelismo, la planificación económica, las prebendas políticas o el patrocinio de la cultura para moldear escenarios son sólo algunos de las formas modernas de sometimiento. Para ello han subido impuestos, creado burocracias inmensas, multiplicado las regulaciones, recurrido a la propaganda, a la ingeniería social y a los favores del poder del Estado, sin utilizar una fuerza violenta que se manifieste. Porque ningún gobernante se mantiene solo por la fuerza, sino que necesita que una parte significativa de la población acepte la ideología que justifica su poder. Esa ideología puede tomar formas diversas. Se parte de la manipulación de lenguaje: “la sociedad exige”, “la ciudadanía reclama”, para pasar a la construcción de elementos místicos como “grandeza nacional”, “justicia social”, “unidad del pueblo”, “defensa de la revolución” o incluso “salvación del planeta”. La idea central es siempre la misma: el Estado sabe mejor que los individuos qué les conviene y tiene derecho a dirigir sus vidas por su propio bien. Sin embargo, detrás del Estado, de la sociedad, de la ciudadanía hay siempre una o varias personas que dirigen, guían y deciden bajo sus propios intereses, y utilizan una ideología para alcanzarlos.

Todas las ideologías corporativas y totalitarias han funcionado así. Sin embargo, el socialismo puro, con su sistema de colectivización de los bienes, es quien ha traspaso de los límites políticos y económicos, que lo ha hecho imposible. Por un lado, sin propiedad privada, sin empresas y sin mercados libres para los bienes de producción, no hay precios reales que permitan saber si una decisión económica tiene sentido o no. Por otro, la imposición de los precios hace imposible conocer cuál es el valor real que tiene un bien y, por lo tanto, elimina la posibilidad de administrar los bienes escasos. Un bien escaso tendrá un precio muy alto. Este proceso hace que el bien escaso se consuma menos. Pongamos el caso del agua. Si el agua resultara ser un bien cada vez más escaso, ponerle un precio hará que su utilización se autorregule. Los precios es el lenguaje que permite condensar millones de decisiones dispersas de compradores y vendedores y comparar alternativas. En un sistema socialista puro, donde no hay compraventa de empresas, tierras o maquinaria entre agentes privados, esos precios no existen o son meros números arbitrarios fijados desde arriba. El resultado que el cálculo económico se vuelve imposible, puesto que no puede saberse si tiene sentido usar bien u otro, si conviene invertir en una tecnología o en otra, o si una inversión es rentable o un despilfarro monumental. Sin precios de mercado, el socialismo anda a ciegas. Podrá repartir cartillas, fijar objetivos y movilizar masas, pero no podrá responder a la pregunta básica de toda economía ¿estamos usando bien recursos?

El socialismo centralizado ha fracasado allí donde intentó gobernarlo todo, pero su derrota no ha desembocado en sociedades de contrato, sino en Estados del bienestar hipertrofiados, socialdemocracias fatigadas e infraestructuras de ingeniería social que han hecho de la planificación económica, la excesiva normativa, la fiscalidad confiscatoria y la tutela ciudadana las nuevas formas de actuación. No vivimos bajo un socialismo puro, pero sí bajo un régimen donde el Estado recauda, regula y redistribuye hasta un punto que vuelve impensable su propia retirada.

El problema no es una cuestión de reforma de políticas, en todo caso difíciles de aplicar desde la política, sino cultural. Generaciones enteras han aprendido a relacionarse con el poder como con un proveedor como de servicios, en un horizonte de derechos crecientes que solo pueden sostenerse con una presión fiscal y regulatoria cada vez más intensa. Y, mientras tanto, los servicios que justificaban el sacrificio impositivo se degradan, se vuelven más lentos, más impersonales, menos eficaces.

Setenta y cinco años después, la colonización de la vida actual por quienes utilizan el lenguaje y las teorías conspiranoides de la sociedad para culpar al capitalismo de la deshumanización del ser humano, no consideran que, quizá las causas deben atribuirse a la expansión de Estados de bienestar endeudados y fiscalmente voraces que necesitan maximizar bases imponibles y empleo para sostenerse, y que tutelan al individuo despojándolo de iniciativa propia. La salida no es una alternativa al capitalismo, sino un orden político que reduzca funciones estatales, libere espacios de cooperación voluntaria no mercantil (asociativa, comunitaria, cultural) y devuelva al individuo responsabilidad efectiva, no solo nominal, sobre sus proyectos de vida.

Fuentes utilizadas

Ludwig von Mises, «La acción humana», Ed. digital loto & leviatán 2014

https://archive.org/details/von-mises-ludwig.-la-accion-humana.-tratado-de-economia-epl-fs-1949-2014/page/n3/mode/2up

Hanna Arendt, «Eichmann en Jerusalén. Un estudio sobre la banalidad del mal». Ed. Lumen 2003.

https://archive.org/details/hannah-arendt-eichmann-en-jerusalen/mode/2up


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